UN HECHO AISLADO
Autor
Raúl España
La carabina despertó con sacudidas a la pequeña bala .22 LR que sintió que la pólvora
se le agitaba por todo el casquillo.
—¡Vamos a llegar tarde! —dijo la madre.
La hija salió disparada al baño, se alistó en menos de cinco minutos y con igual presteza
se puso el uniforme y devoró el desayuno.
El arma grande tuvo que peinarse mientras caminaba y se las apañó para llevar a su hija
con la urgencia que produce olvidar programar la alarma del celular. Llegaron a la
escuela pública, justo antes de que la portera, una vieja y oxidada Beretta, cerrara la puerta.
—Niña, ya todos se están formando en el patio. —advirtió con afabilidad.
Aun con la advertencia, la madre se inclinó para dar un beso y la bendición a la pequeña,
la cual desapareció a través de la puerta de lámina y corrió rauda al coliseo, alcanzando
a otras compañeras rezagadas.
La profesora, una .44 Magnum, pero que en su perfil de Tinder presumía ser calibre 39,
le indicó disgustada que se pusiera de última en la fila de las niñas que correspondía
al grupo Cuarto A. La balita obedeció y coincidió su lugar con su amigo, un perdigón,
que cerraba la hilera de los jovencitos. Se saludaron con su juego ya habitual, hasta que
el gruñido de la maestra los hizo mirar de nuevo al frente. Los pequeños
obedecieron ocultando las sonrisas.
Todo el compendio deportivo era una explosión de murmullos, saludos, carcajadas y
llamados de atención de los docentes. Cuando al escenario subió la rectora, una granada
de fragmentación, los alumnos se congelaron en solemne silencio.
La maestra dio algunos anuncios, uno de ellos era sobre la quermés del Día de las
Madres, noticia que emocionó a la .22 LR, más aún cuando se dijo que se iban a
recibir propuestas artísticas para la programación cultural. Ella, junto a otras compañeras,
ya tenía ensayada una coreografía que fusionaba reguetón con trap. Era su oportunidad
de sorprender a su madre con el lanzamiento del grupo: La Ráfaga. Consideraba que era
un excelente nombre.
La rectora habló de la llegada de la semana de exámenes, y los alumnos corearon
un “NOOOOOO” de rechazo, que causó un fogueo de risas, que, a punto de desbordarse
en desorden, el rugido de la granada hizo regresar al silencio. La autoridad superior
de la escuela les dijo que no olvidaran que la disciplina también sería evaluada. Los
pequeños proyectiles se quedaron en taimado mutismo.
Sin más por decir, ordenó levantar filas y cada profesor llevó a su respectivo grupo al salón.
La clase se desarrolló normal. Geografía e historia. La balita se imaginó recorriendo
aquellos paisajes en trayectorias parabólicas o rectilíneas uniformes. Soñaba, como
cualquier proyectil, con alcanzar su destino.
Sonó la campana del recreo y la munición de alumnos salió desbandada a disfrutar
de los columpios, el sube y baja, a jugar a la Lleva o al Escondite.
En la periferia de la escuela un extraño rumor se hizo fuerte. Un intercambio de palabras
que fue subiendo de tono hasta que invadió el bullicio infantil. Llegaron las vulgaridades
a contaminar la ingenuidad, y siendo estas un eterno tabú, hizo que los chiquillos
se arremolinaran en la reja del patio a contemplar el chisme. Las frases violentas pasaron
a los hechos. Hubo movimiento, acción, confusión. La curiosidad medró en las
pequeñas mentes, embelesadas en la confusa pelea que culminó en un sordo disparo.
Los observadores se estremecieron y la mirada al frente no les permitió descubrir
que la pequeña .22 LR caía de espaldas. Entonces el grito de la profesora les hizo virar.
Los comentarios de miedo y desesperación nublaron cualquier brillo. La maestra llegó
hasta la balita herida, a la cual ya se le escapaba la pólvora por la oscura y profunda
fisura en su casquillo.
Los demás docentes intentaron socorrerla. El llanto de sus compañeritos acompañó
la desolación. No había cosa por hacer. Un niño perdido le atravesó el corazón.
Las clases se suspendieron. Para mañana se espera una marcha del conmovido arsenal.

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