EL ÚLTIMO MARTINI ANTES DEL COLAPSO
ODIO AL ALGORITMO
Por VIVIANA BUCHELLI Para Mentes en Movimiento
I. Las cinco de la tarde y la ilusión del orden
Hay una hora en Cali donde el calor deja de ser un castigo físico y se convierte en una alucinación colectiva. Son las cinco de la tarde. La brisa baja de los Farallones, roza las copas de los samanes en la Avenida Sexta, cruza por San Antonio y despeina a los transeúntes con una falsa promesa de piedad. Sentada en la terraza de un café, observo la escena: un chico con camisa guayabera busca desesperadamente señal de datos; al lado, tres mujeres jóvenes toman fotos a sus tazas con una precisión estética quirúrgica. Nadie se mira a los ojos. Todos miran la pantalla de seis pulgadas que llevan pegada a la palma de la mano.
Carrie Bradshaw solía resolver los dilemas existenciales de Manhattan caminando en tacones de Manolo Blahnik mientras escribía una columna sobre hombres neuróticos en un apartamento de renta congelada. Pero Nueva York no tiene la humedad del Valle, ni el rugido sordo de las busetas bajando por la Quinta, ni esta certeza apocalíptica que se nos mete por los poros: el mundo se está acabando, y nosotras estamos ocupadas haciéndole scroll a la miseria.
Decía Schopenhauer —con esa cara de pocos amigos que en esta ciudad solo superan los conductores de MIO a mediodía— que la voluntad de vivir es un engaño biológico, un truco ciego de la naturaleza para perpetuar el sufrimiento. Si el viejo Arthur hubiera tenido Instagram y Tinder en la Cali de hoy, no habría escrito El mundo como voluntad y representación. Habría publicado un Reel de quince segundos con fondo musical de salsa romántica titulado: Por qué tu pareja te está aplicando gaslighting y por qué la especie humana merece extinguirse para el 2050. Y habría tenido tres millones de reproducciones.
La cuestión es sencilla, pero nos encanta decorarla con eufemismos: estamos atrapados en una comedia de errores cibernética donde nos enseñaron a odiarnos para que sigamos consumiendo. Y mientras la temperatura global sube y la civilización cruje por las costuras, nosotros nos dedicamos al noble arte de destrozarnos entre nosotros.
II. La odio-economía de la pantalla y el desprecio chic
El desprecio contemporáneo ya no es un sentimiento espontáneo; es un modelo de negocio. Un algoritmo diseñado en Silicon Valley por un grupo de ingenieros con deficiencias afectivas descubrió que el enojo genera más engagement que la ternura. La consecuencia es esta guerra fría del afecto en la que vivimos sumergidos.
Por un lado, los hombres devoran contenido redpill y podcasts de virilidad tóxica donde gurús con barba recortada y trajes ajustados les enseñan a ver a las mujeres no como interlocutoras válidas, sino como transacciones bursátiles de alto riesgo. Hombres a la defensiva, paranoicos, convencidos de que cualquier gesto de vulnerabilidad los convierte en "sultanes del simpeo". Por el otro lado, las mujeres navegamos entre dos aguas igualmente turbias: el resentimiento justificado hacia el machismo histórico y una misoginia internalizada que el algoritmo alimenta con papitas fritas.
Nos odiamos entre nosotras con una elegancia aterradora. La competencia interfemenina no murió con la liberación sexual; se mimetizó. Ahora no competimos por el marido del barrio ni por el baile en la casilla del club; competimos por el estándar estético inalcanzable, por la maternidad impecable teñida en tonos beige neutro, por el título de la "mujer emancipada que lo tiene todo" mientras la salud mental se le desmorona en el baño del trabajo. Miramos a la otra no como a una aliada en la trinchera, sino como a una rival a la que hay que auditársele el feminismo, el cuerpo y las decisiones afectivas.
Nos odiamos con hashtags. Nos odiamos con análisis psicológicos de peluquería, catalogando a cada expareja de "narcisista encubierto" y a cada amiga de "persona tóxica". Hemos convertido las relaciones humanas en un tribunal inquisitorio donde nadie se salva. Y el algoritmo sonríe, porque cada comentario veneno, cada hilo en X (antes Twitter) disparando odio hacia el sexo opuesto o hacia la vecina de mesa, se traduce en minutos de pantalla, en publicidad vendida, en dólares para los dueños del circo.
En las historias de Andrés Caicedo, los jóvenes caleños se quemaban por dentro en una orgía de música, cine, drogas y sol, buscando desesperadamente tocar algo real aunque eso los destruyera. Hoy nos quemamos en frío. La fricción ya no es piel con piel bajo la luz de un farol en Granada; es el roce del pulgar sobre el cristal templado. Nos odiamos a distancia, asépticos, perfumados y profundamente solos.
III. El espectáculo de la maternidad en el Antropoceno
En medio de este panorama de desprecio programado, aparece la gran trampa de la cultura: la perpetuación de la especie como imperativo ético o adorno social.
Hay un fenómeno fascinante en las redes sociales: la romantización de la procreación en tiempos del colapso. Nos muestran a la madre influencer en su casa minimalista, dando a luz en agua serenada con música ambiental, mientras el mundo afuera registra los años más calurosos de la historia humana documentada. Es lo que la teórica Lauren Berlant llamaba "optimismo cruel": el apego a un estilo de vida o a un deseo que es precisamente el que te impide florecer o sobrevivir.
Traer un hijo al mundo en el panorama actual —y con las proyecciones científicas puestas en el 2050— no es un gesto de fe en el futuro; es una falta absoluta de lectura del contexto. Si hoy el mediodía en la Calle Quinta quema la piel hasta derretir el asfalto, si el agua en el Valle empieza a ser un bien en disputa y la estabilidad política global se parece cada vez más a una película de Mad Max dirigida por un comité de idiotas, ¿cuál es el argumento para seguir poblando la tierra? ¿El legado? ¿Quién carajos necesita un legado cuando el océano esté acidificado y los veranos sean invivibles?
Parir en la era del Antropoceno se ha convertido, paradójicamente, en el último acto de narcisismo decorativo. La foto para el Feed, el baby shower con globos biodegradables (que igual terminarán en el estómago de una tortuga), la necesidad biológica disfrazada de propósito existencial. Le estamos vendiendo a las nuevas generaciones un boleto de entrada a un teatro que ya se está incendiando, donde las salidas de emergencia están bloqueadas y el DJ acaba de poner la última canción.
IV. La redención ética: El antinatalismo altruista
Es aquí donde la filosofía debe dejar de ser una especulación de torre de marfil y convertirse en una herramienta de autodefensa. Durante siglos, la sociedad ha tildado a quienes decidimos no tener hijos de "egoístas", "inmaduros" o "incompletos". Nos han vendido la narrativa de que el útero o la simiente que no se reproducen son un desperdicio de la naturaleza.
Qué equivocación tan sublime.
El acto más altruista, más profundamente ético y compasivo que puede realizar un ser humano hoy en día no es reciclar botellas de plástico, ni volverse vegano, ni comprar un auto eléctrico. El acto de amor más radical de nuestra generación es cerrar la fábrica. Es negarle al algoritmo nuevos consumidores y negarle al colapso climático nuevas víctimas.
Hay una belleza trágica en la filosofía antinatalista cuando se entiende desde la compasión y no desde la misantropía pura. David Benatar, uno de sus exponentes más lúcidos, plantea que venir a la existencia siempre es un perjuicio, porque la cantidad de dolor en la vida supera con creces la cantidad de placer, y porque el no-existir no le priva de nada a quien no ha sido concebido. No es que odiemos a los niños; es que los amamos demasiado como para condenarlos a la distopía que les estamos preparando.
Dejar de reproducirnos es la única huelga general que el sistema no puede aplastar. Es decirle al mercado, a la política tradicional y al tecnocapitalismo: "Hasta aquí llegó tu mano de obra. No te voy a entregar a nadie más para que lo explotes en un call center, lo adoctrines con anuncios de TikTok o lo reclutes para la próxima guerra por el agua potable".
V. Un brindis al final del show
Cae la noche sobre Cali. En las terrazas de Granada se encendieron las luces amarillas, la salsa empieza a sonar desde algún carro parqueado a lo lejos y la brisa finalmente limpia el aire denso del día. Miro a mi alrededor. Las parejas siguen discutiendo sobre quién no contestó el WhatsApp a tiempo; las mujeres siguen mirándose de reojo con esa desconfianza pulida que nos enseñó la pantalla; los hombres siguen fingiendo una solidez de cartón piedra que nadie se cree.
No vamos a salvar el mundo. Para el 2050, este planeta habrá ajustado sus cuentas con la humanidad, con o sin nuestro consentimiento. La naturaleza no es una madre piadosa; es un sistema autorregulado al que le importa un bledo si nos extinguimos o si sobrevivimos comiendo algas sintéticas.
Pero mientras el telón baja, tenemos una opción poética y elegante. Podemos seguir reproduciendo el odio que nos venden en cuotas diarias, o podemos abrazar la ironía, tomarnos un buen cóctel, bailar una buena salsa dura, mirarnos con una compasión ácida y decidir que la fiesta termina con nosotros.
No se trata de amargarse la vida. Se trata de vivirla con la lucidez descarada de quien sabe que el barco se está hundiendo pero se niega a pelearse por un chaleco salvavidas de plástico. El verdadero acto de libertad —de libertad intrauterina, de libertad existencial, de dignidad caleña— es mirar al futuro a los ojos, sonreír con humor mordaz, pedir otra ronda de bebidas y apagar la luz antes de salir.

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