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La Ciudad de parques sin sillas. Nestor Monterrosa Autor Invitado


 



La Ciudad de parques sin sillas.

Nestor Monterrosa




Era su sexto domingo en la ciudad, por una costumbre que había adoptado hace varios años, cuando tuvo la sensación de estar perdido en el mundo, se daba a la tarea de conocer cada lugar nuevo al que llegaba. Los días los contaba como se cuentan los cabellos en el piso cuando vives solo, con preocupación, detenimiento y medidas.

Timoteo aprendió a reconocer la ciudad a partir de los sitios y la distancia que en pasos había entre cada uno de ellos; los primeros dos domingos se limitaba a caminar entre su lugar de residencia y el nuevo trabajo, y una que otra esporádica desviación a sitios en busca de rutas; como los exploradores que trazan nuevos caminos con propósitos de cercanías.

Pero algo notó desde su tercer domingo, ese día decidió tomar una nueva ruta, sin que significara un cambio brusco en el reconocimiento de lo que periféricamente le resultara familiar.

A partir del paso 1300 de esa ruta, evidenció al final del recorrido 3 parques, el último de ellos justo en el paso 8500 de su caminata, cuando terminó y se disponía a regresar por el mismo camino, su mente advertía algo que creyó fue un hecho distraído de su parte, sin embargo, el regreso le permitiría corroborar.

Fue curioso para él comprobar que no era algo de la imaginación, en efecto los tres parques no tenían sillas, o no muchas según pudo constatar.

El tercer parque en dirección desde su casa, el primero en ruta de retorno, era uno de esos lugares que parecen se hubiera quedado anclado en alguna estación de otoño, olvidado, vetusto y con muchas hojas en el suelo, lo curioso era que este parque tenía una sola silla, ajada con algunas tablas quebradas o casi con ninguna, solo en la mera estructura y sobre un lado casi en el poco espacio que tenía para reposar, tanto a la ida como al regreso vio a un hombre en posición de cobertura, como quien se protege del frío y cerca de él algunas palomas.

Un parque con árboles medianos, pero en el medio se observaba un tronco más grueso y daba la sensación de que en algún momento fue muy frondoso y grande.

 

 

 

 

 

 

El segundo parque era más frondoso sin llegar a deslumbrar; en el extremo a la posición de Timoteo se podía detallar una figura humana sentada sobre uno de los bordillos y al lado se veía una especie de banca que quizás podría ser en madera, no lo pudo precisar, lo curioso es que sobre la banca estaban algunas flores, quizás para la venta, la persona era un adulto no tan mayor pero su ademán sobre la banca daba la sensación de cansancio.

Este segundo lugar daba una apariencia de calma, una quietud como quien sumido en la rutina no espera nada distinto del paso de los días.

El tercer parque en su recorrido de regreso era extremadamente verde, con árboles muy grandes de sombras agradables, vio transitar mucha gente, sin embargo, nadie reposaba o se quedaba en él, a pesar de lo acogedor que resultaba, este no tenía silla alguna.

Pero era innegable la vitalidad del lugar, el aire fresco y matinal, los sonidos que daban vida, se detuvo un momento y lo contempló, de hecho, en este se permitió dar una vuelta, atravesando en zig- zag por los puentes que unían los lados, allí advirtió otro hecho.

Al parque lo atravesaba una corriente de agua, cristalina y de fuerza para estar en ese lugar, advirtió por ello que cerca estaban algunas montañas, daba la sensación de que esa corriente provenía de ellas; cuando respiró para sentir como el aire le permitía estar acorde con la frescura de la naturaleza, su mente vio la misma estructura, la misma corriente y los mismos puentes en los otros dos parques.

Parecería como si el lugar se hubiera triplicado, pero tratado por el tiempo, las líneas eran las mismas, un diseño por lo menos del mismo constructor.

Timoteo regresó a casa y retumbaban en su mente la idea de un parque sin sillas, sabía que no era nada novedoso, por la simbología de las canciones que escuchaba y la mística de la ciudad, creía que en ello había alguna especie de mensaje.

 

 

 

 

Timoteo la mañana del octavo domingo despertó y el mensaje llegó, debía regresar, dejaría de contar los pasos como hasta ese momento lo venía haciendo 6 domingos atrás, dejaría de inquietarle los mensajes que recibía en cada lugar, con cada parada era una suerte de vivencia metafórica que lo trajo para aclararle cosas, aunque el hasta ese domingo no lo sabía.

Al irse debió despedirse de dos cactus y un buxus, en su camino de regreso vio parques con sillas, los que nunca pudo encontrar, y entonces levantó la cabeza de la ventana y lo precisó, “las sillas de Silvio” dijo, las que te invitan a descansar.

Entonces pensó que la vida en algunos momentos te ofrece sillas como un hecho cómplice que desafía tu ánimo para cuando debes seguir, algo que procurará que descanses cuando no lo debes hacer, y cuando debes reposar, entonces algo obstinadamente te obligará a marchar, como el camino de Fito, como su recorrido por los parques cuya vida, frondosidad y avivamiento de la corriente se iban mermando con cada paso que contaba en su andar.

Pensó en la mujer joven de risa contagiosa que en sus últimos domingos le dijo que creía en otras vidas y se atrevió a imaginar si en alguna de ellas sus pasos en parques habían de cruzar.

Pensó en la ciudad de muros inciertos que ocultaban en la idea de Murakami algún anhelo por cultivar, alguna idea perdida en la mente por retomar; pensó en el edificio con solo gente anciana que le dieron las últimas ideas para su libro terminar.

Recordó a Sabina cuando dijo que al lugar donde fuiste feliz no has de volver, pensó en las pequeñas hojas de su bonsái que se le olvidó recoger, allí su mente volvió a los parques y en modo particular volvió al anciano medio aterido, luego durmió hasta su llegada.

 

Néstor Monterrosa

 

 

 

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